Edward S. Curtis:El fotógrafo de los Indios Americanos


Recuerdo que cuando era niño mis amigos y yo jugábamos a indios y vaqueros. Yo siempre quería ser indio. Me gustaban sus ropajes, las caras pintadas, los gritos de guerra... Hasta para un niño de tan corta edad fue tremendamente fácil comprender que a pesar del mensaje de las películas de Hollywood los Indios nunca fueron los malos.

Con la llegada del fin de la Guerra de Secesión en 1865 y la victoria por partes de los unionistas se tomó la decisión de localizar y reunir a las ya diezmadas poblaciones indígenas en las recién creadas reservas indias. En este momento, se empezó a atisbar el principio del fin para los Pueblos Nativos y la idea de que pronto los mal llamados "indios americanos" desaparecerían estaba más cerca de convertirse en una realidad.

Tres décadas después, un hombre, fotógrafo de profesión, tomó la decisión más importante de su vida: Dejar su acomodada vida y su estudio fotográfico en la ciudad de Seattle con el fin de recorrer miles de kilómetros para fotografiar a más de 80 tribus diferentes de Estados Unidos. De esta forma y tras más de 125 viajes realizados durante un periodo de 30 años en tren, caballo o barco cumplió su objetivo: “ Dejar un recuerdo de todos aquellos grupos indígenas amenazados de desaparición”.

Su nombre era Edward Sheriff Curtis

Inicios:

Edward Sheriff Curtis nació cerca de Whitewater en el estado de Wisconsin el 16 de febrero de 1868. La niñez de Edward fue pobre pero tranquila. En 1874 la familia se trasladó al Condado de Le Sueur (Minnesota). Seis años más tarde el padre dejó la granja y la familia se instaló en la localidad de Cordova (Illinois), donde se desempeñó como predicador de la comarca. A menudo, Edward le acompañaba en sus viajes pastorales, siguiendo los ríos en canoa y acampando. Así se despertó su gusto por la naturaleza. En esa época, siguiendo las instrucciones de un manual de fotografía, construyó su propia cámara, aprovechando una lente que su padre había traído de la guerra.

Por aquellos años Seattle ofrecía muchas oportunidades para progresar, ya que era una ciudad dinámica y en pleno crecimiento; era el principal puerto de acceso al Extremo Oriente y Alaska, y una escala obligatoria para los buscadores de oro de Klondike. Tras un accidente de trabajo en el bosque, que lo mantuvo convaleciente durante meses, Edward entró a trabajar en un estudio fotográfico, y en poco tiempo abrió su propio estudio, asociado con el de Thomas Guptill. Tuvo bastante éxito comercial haciendo retratos de lujo. También recibió reconocimiento profesional y ganó numerosos premios, tanto a nivel local como estatal y nacional, como la medalla de bronce de la Convención Nacional de Fotógrafos. Ambos fueron declarados los fotógrafos líderes de la región de Seattle por la revista Argus.

Seattle en 1890

En 1890, a sus 22 años, tuvieron lugar la matanza de Wounded Knee y el asesinato de Toro Sentado. Los historiadores consideran que estos dos hechos pusieron fin definitivo a la larga confrontación entre los blancos y los indios de Norteamérica. Sin embargo, los indios ya estaban confinados en reservas. Los dos acontecimientos tuvieron un inicio accidental y confuso y un desenlace desmesurado. En Wounded Knee fueron masacrados 300 indios lakotas después de una desproporcionada reacción del ejército a un pequeño incidente. Toro Sentado, el jefe sioux que venció al general Custer en Little Big Horn, fue abatido, curiosamente, por policías lakotas que patrullaban en su reserva al servicio de Washington.

Mientras tanto y establecido ya en Seattle como fotógrafo de éxito, Curtis tuvo un encuentro fortuito con el antropólogo George Bird Grinnell le puso en contacto con las culturas nativas de Norteamérica. Este descubrimiento cambió su vida. A partir de entonces se dedicó de manera casi exclusiva durante más de treinta años a documentar gráficamente y recopilar por escrito la cultura de los indígenas de los Estados Unidos, con el objetivo de conservar la memoria de unas formas de vida que se encontraban amenazadas por una desaparición inminente.

En 1895 Curtis hizo su primer retrato de una nativa americana: Kikisoblu o Princess Angeline (1800-1896), una anciana, hija del jefe Seathl, que vivía precariamente en Seattle. Este retrato le daría fama y le empujó a retratar otros nativos, cuyas fotos se vendían muy bien y también le aportaron galardones profesionales.

"Princess Angeline", del pueblo suquamish, 1896.

El año siguiente, Grinnell, que llevaba veinte años haciendo trabajo de campo con los Blackfoot —que le llamaban «Padre de los Blackfoot»— le invitó a la Reserva Piegan en Montana, para fotografiar la Danza del Sol. Para este ritual, a pesar de que fuese prohibido por el gobierno como «crimen religioso», se reunió un gran número de miembros de la tribu. Curtis, introducido por Grinnell, logró vencer la desconfianza de los Blackfoot, y obtuvo permiso de fotografiar en el campamento y presenciar los rituales sagrados. Además, estableció relaciones personales con miembros de la tribu, con lo que pudo conocer de primera mano sus concepciones éticas y espirituales, y quedó fascinado por una forma de vida diferente, llena de dignidad y sin embargo condenada a desaparecer. Aunque también había indígenas en la zona rural de Minnesota donde Curtis había pasado su infancia, su cultura tradicional ya había prácticamente desaparecido. Con los Blackfoot, entró en contacto por primera vez con una cultura nativa relativamente inalterada por el hombre blanco.

Tres jefes de la tribu piegan (pies negros).

Esta experiencia inspiró el proyecto de su vida: fotografiar todas las tribus existentes en el país, y recoger en una gran obra los testimonios de su cultura antes de que se perdiera para siempre.​ Enseguida lo puso en práctica, y pasó los veranos de 1901 a 1903 en el suroeste del país, con los navajos, los apaches y sobre todo con los hopis. Mientras tanto, su esposa, Clara, se quedó a cargo de los hijos y del estudio fotográfico. Curtis contaba con la venta de las fotos que hacía entre los indios para financiar sus campañas, pero a pesar de su éxito comercial, los ingresos estaban lejos de cubrir los gastos. Por otra parte, sus prolongadas ausencias afectaron la relación familiar. Buscó financiación para llevar adelante su proyecto. Se dirigió al Instituto Smithsoniano, pero los académicos desconfiaban de un hombre sin formación y con un proyecto desmesurado. Tampoco consiguió el apoyo de los editoriales, que consideraban la publicación demasiado costosa y difícil de vender.

En 1911, para promover las suscripciones, montó un espectáculo audiovisual con linterna mágica, The Indian Picture Opera, con proyección de fotografías, lectura de textos sobre las culturas indígenas elaborados por el propio Curtis, con acompañamiento orquestal compuesto por Henry Gilbert, basándose en la música indígena. Hubo representaciones hasta finales de 1912 en una gira por las principales ciudades de Estados Unidos.

Curtis llevaría un paso más allá de este primer experimento. En 1912, con un barco comprado expresamente para la ocasión, hizo una expedición al territorio de los kwakiutl en Columbia Británica donde, además de las fotografías, hizo filmaciones. Al volver, fundó la Continental Film Company para producir su película documental titulada In the Land of the Headhunters (En el país de los cazadores de cabezas).

La película se estrenó en Seattle y Nueva York en 1914, con gran éxito de crítica, pero debido a un litigio con el distribuidor, el rollo de película fue embargado. Curtis no pudo explotarla comercialmente, de forma que la película no sólo no fue la fuente esperada de financiación de The North American Indian, sino que le debilitó aún más económicamente.

Oasis en Badlands

The north American Indian: la obra de su vida

The North American Indian consta de veinte volúmenes ilustrados con fotografías, cada uno acompañado de un portfolio con fotograbados adicionales. Los volúmenes están organizados por tribus y áreas culturales, y abarcan el territorio de Estados Unidos desde las Grandes Llanuras al Pacífico, la costa oeste de Canadá y Alaska. El conjunto contiene 4000 páginas de texto ilustradas con 1500 fotografías y 700 fotografías adicionales de gran formato en los portfolios. El proyecto, tal como pactado con J. P. Morgan, se debía realizar en cinco años y se habían de imprimir 500 ejemplares, de los cuales 25 eran para el mecenas. Finalmente, la labor se prolongó veinticuatro años, y se imprimieron 272 juegos, de los que se conservaron 220 en instituciones públicas o privadas de Europa y Estados Unidos.

Curtis era muy consciente, tal como reflejan sus escritos, que retrataba una forma de vida que desaparecía día a día, y eso le impulsó a trabajar incansablemente y con un déficit económico constante. Por el mismo motivo, se esforzó en numerosas ocasiones a registrar más bien un pasado ya extinguido que la realidad del presente. Así, retocó fotos para eliminar objetos modernos, tales como relojes, sombrillas, herramientas, carros, etc. También fotografió representaciones de ceremonias que ya no se llevaban a cabo, o disfrazó a nativos para representar miembros de otras tribus. De ahí que algunas fotografías contienen anacronismos o incongruencias. A pesar de estos errores metodologicos, atribuibles en parte a la mentalidad de su tiempo, y algunas conclusiones precipitadas de sus textos, The North American Indian es considerado un documento excepcional por su extensión y por la calidad y humanidad de sus imágenes.

La raza que muere

La obra de Edward Curtis coincidió con un interés renovado de los ciudadanos de los Estados Unidos por los nativos —y también por la epopeya de la conquista del Oeste que en la práctica había finalizado con la conexión por ferrocarril de las costas del Atlántico y Pacífico—, lo que se reflejó en los periódicos, la literatura y los espectáculos, como el de Buffalo Bill. En este momento aparece una visión mitificada de los pueblos nativos que coexiste con la percepción del indígena como un ser agresivo e incompatible con la nueva sociedad americana.

La magnitud de su proyecto, su actividad pública buscando financiación y suscripciones, y el apadrinamiento de personalidades como el presidente Roosevelt le aportaron notoriedad y reconocimiento como autoridad de máximo nivel sobre los nativos, a pesar de que su falta de formación académica le valió también críticas y escepticismo por parte de etnólogos profesionales. Aunque su obra etnográfica le dio renombre, no generó ingresos. Tuvo una vida modesta durante los últimos años de su vida, y cuando murió, su obra ya se había olvidado. Sin embargo, a partir de la década de los años 1970, su obra se revalorizó, no tanto por su valor académico, sino por la calidad artística, etnográfica y humana de las fotografías.

Aquí algunos ejemplos de sus magníficas fotografías:

Y aquí un video de la iniciativa "un año de fotografía" que trata sobre Edward S. Curtis:

¡Nos Vemos!

Entradas destacadas
Entradas recientes
Archivo
Buscar por tags
Síguenos
  • Facebook Basic Square
  • Twitter Basic Square
  • Google+ Basic Square